Venezuela, teatro central del conflicto latinoamericano

La mini guerra mundial

Alepo. Ciudad ubicada en el noroeste de Siria, a 120km del mar mediterráneo, es la capital de una gobernación homónima (provincia) de 4,6 millones de habitantes.

Con una producción industrial centrada en lo agroalimentario y textil, Alepo es la capital económica de Siria. Esta urbe es, al mismo tiempo, la conexión de Siria con Turquía. 700 kilómetros la separan de Ankara y 1100 de Estambul. La ciudad es, por tanto, parte del corredor euroasiático y el enclave urbano que conecta vía terrestre a Siria con Europa.

Entre las calles de la ciudad habita una fuerte y pintoresca libertad religiosa (cristianos orientales, católicos, musulmanes, judíos, entre otras), expresando la cosmovisión secular del Partido del Renacimiento Árabe Socialista que desde hace años gobierna el país bajo las presidencias de Háfez al-Asad y de su hijo Bashar al-Asad.

Alepo es, por todo lo dicho, una ciudad próspera. O al menos así lo fue, hasta el estallido de la guerra en el año 2011.

La ciudad más habitada de Siria se convirtió en el frente de batalla principal de un conflicto que combina fuerzas armadas regulares (de Estados-Nación) e irregulares (terroristas y contratistas). Entre julio de 2012 y noviembre de 2016, la ciudad quedó dividida entre las fuerzas rebeldes (Ejército Libre de Siria, Frente Al-Nusra -asociada a Al-Qaeda- y el Estado Islámico ó ISIS, entre otras) y las Fuerzas Armadas de Siria (apoyadas por Rusia, Hezbollah, entre varios más, y aliados a los Kurdos).

Al día de hoy, importantes áreas de la ciudad permanecen en ruinas y la cantidad de habitantes se ha reducido drásticamente. Veinte naciones intervinieron de manera directa en la guerra en Siria, dándole al conflicto el estatus de una “mini guerra mundial”.

El conflicto militar destruyó la economía de Alepo y de toda Siria. El éxodo del país rápidamente se convirtió en una crisis humanitaria. ACNUR, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados, estima en 6,3 millones de refugiados sirios y en 6,2 millones de desplazados internos dentro de ese país. El gobierno de Turquía ha informado que en su suelo habitan 2,6 millones de refugiados de ese país, y hace poco el gobierno de la provincia argentina de San Luis fue noticia por implementar un corredor humanitario que ya han utilizado varias familias sirias.

De oriente medio para el mundo, de Siria para Venezuela

¿Por qué detallamos todo esto? Porque los grandes medios de comunicación banalizan los conflictos armados y nos los muestran “allá lejos”, invisibilizando su verdadero drama.

Los señores de la guerra hacen dinero con ella y, ahora, vienen por Venezuela. Un informe de 2018 del Instituto Watson de la Universidad de Brown reveló que las guerras norteamericanas en Afganistán, Irak, Siria y Pakistán (algunas de las emprendidas desde el 11-S) les ha costado a los contribuyentes estadounidenses la modesta cifra de U$S 5,9 billones (norteamericanos). al mismo tiempo, el informe describe que los mencionados conflictos suman la escandalosa cifra de 480.000 personas muertas como resultado directo de los combates con 244.000 civiles asesinados, es decir, más de la mitad. Además, otros 10 millones de personas han sido desplazadas debido a la violencia.

En una entrevista para RT en español de abril de 2017, el periodista francés Thierry Meyssan, reflexionando desde su experiencia cubriendo la guerra siria, reconocía que las fuerzas neoconservadoras del capitalismo angloamericano, apalancadas en el control del pentágono, están dispuestas a dividir al mundo en dos grandes zonas: una zona estable para Estados Unidos y sus aliados -incluso para algunos de sus enemigos como Rusia y China-, y otra zona de caos, donde no pudiera montarse gobierno estable ni desarrollo.

Investigadores de las fuerzas armadas norteamericanas en 2004, afirma Meyssan, “publicaron un mapa donde uno veía que todo el medio oriente debía ser destruido y, en cuanto a América Latina, planteaban que sólo Argentina, Brasil y México debían ser Estados estables, mientras el resto debía ser destruido […] No se trata de derrocar un gobierno y reemplazarlo por la oposición. Se trata de utilizar al gobierno y la oposición para que se enfrenten y destruyan el país […] y si vemos lo que pasa actualmente en medio oriente, hay ciudades enteras que han sido arrasadas desde Libia hasta Yemen. Varios países se han desmoronado, de modo que lo planteado no se trataba de un proyecto imaginario”.

Meyssan cerraba su reflexión con una inquietante sentencia: “Esto es lo que están poniendo en práctica en el mundo, y es lo que están poniendo en práctica en Venezuela”.

El teatro central del conflicto latinoamericano

La advertencia de Meyssan tiene casi dos años, pero pareciera escrita ayer. A través de ella uno puede agregarle racionalidad a un conflicto iniciado desde la muerte del Comandante Chávez y radicalmente profundizado desde el pasado 10 de enero en adelante.

Venezuela es la principal reserva petrolera del mundo, incluso por encima de Arabia Saudita, Irán, Irak y Kuwait. Gobernar desde el caos, tal lo planteado por Meyssan, es la mejor manera de aplicar una “acumulación por desposesión”, donde la oligarquía financiera, en tanto clase capitalista transnacional, bajo patrocinio del proyecto neoconeservador que hoy habita la Casa Blanca, apropie para sí los recursos naturales y las riquezas socialmente producidas de Venezuela, de Latinoamérica y el Mundo.

Ya en mayo de 2016, Maduro denunciaba la sistemática y masiva criminalización del proceso bolivariano en los medios de comunicación españoles, a los que acusaba de ser cómplices de una “campaña para preparar condiciones para una agresión a Venezuela”. Maduro preguntaba “¿Se dan cuenta ustedes del escenario que están preparando? Lo mismo que hicieron con Gadafi… Dirán que Maduro lanzó los tanques y los cazas contra la oposición para intervenir Venezuela, es el mismo escenario”.

En agosto de 2018 el canciller venezolano, Jorge Arreaza, informaba que debido al bloqueo financiero y las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea, Brasil no podía cancelar una deuda de U$S 40 millones por el suministro eléctrico que el país bolivariano brinda al limítrofe estado (provincia) de Roraima. “Hubo contactos (con las autoridades de Venezuela). Hace menos de una semana, un representante de Itamaraty (cancillería) estuvo ahí, en contacto con esta empresa estatal venezolana que suministra energía (a Roraima)”, confesaba el por entonces canciller brasileño Aloysio Nunes.

En septiembre del mismo año, la justicia federal de los Estados Unidos autorizó a embargar acciones de la estatal venezolana Citgo, subsidiaria de PDVSA, con el fin de resarcir en U$S 1.400 millones a la minera canadiense Crystallex por la estatización del yacimiento ourífero Las Cristinas. El opositor y reconocido economista y periodista José Toro Hardy, acusado en su momento de recibir sobornos de transnacionales, por entonces afirmaba: “Citgo es el principal brazo comercializador del petróleo venezolano. El 96% de todos los dólares que le ingresan al país provienen del sector petrolero, pero la inmensa mayoría de esos dólares provienen de las importaciones de crudo hacia los Estados Unidos, y el principal comprador en ese país es nuestra propia filial Citgo”.

El sistema financiero internacional, amparado en los decretos ejecutivos de Obama y de Trump, junto a sanciones similares impuestas por la Unión Europea, ha bloqueado las operaciones económicas de Venezuela, impidiendo pagos y cobros, transacciones, inversiones y obligaciones financieras, entre otras. Citigroup, JP Morgan, Credit Suisse, Deutsche Bank y Goldman Sachs, entre otros grandes jugadores del capitalismo transnacionalizado, han promovido un boicot que incluyó el bloqueo de compra de alimentos y medicamentos por parte de actores públicos y privados de Venezuela, donde, por supuesto, no faltó algún desfalco a PDVSA y al Banco Central de Venezuela, que hermana a la banca transnacional con los “boliburgueses”, el segmento del empresariado local que hizo negocios a costa del Estado venezolano cual “Patria Contratista”.

Entre fines de 2017 y principios de 2018, en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana, se instaló una negociación entre oficialismo y oposición venezolana bajo mediación del ex premier español José Luis Rodríguez Zapatero, entre otros. Al borde de concretar el acuerdo, la oposición se retiró del diálogo con mucho ruido y pocos argumentos.

Tal es así, que el socialdemócrata español terminó de pedirle por carta a Julio Borges, por entonces presidente de la opositora Asamblea Nacional, la aceptación del acuerdo y la participación en unos comicios que, finalmente, se concretaron en mayo del año pasado.

En una elección donde la oposición fue partida entre la abstención y la participación a través de Henri Falcón como principal figura electoral, Nicolás Maduro fue electo presidente con el 67% de los votos y la participación de la mitad del electorado (en elecciones no obligatorias).

La asunción, de esas elecciones que dieron re-electo a Nicolás Maduro, se concretó este 10 de enero y, a partir de allí los hechos se precipitaron.

El vicepresidente norteamericano Mike Pence convocó en un mensaje difundido casi en simultaneo por más 250 medios y redes sociales a una movilización destituyente que nada pudo hacer y que señalan el agotamiento y la falta de credibilidad de la oposición venezolana, ahora escudada en la figura de Juan Guaidó, autoproclamado presidente “encargado”, una escasamente conocida figura que en 2011 perdiera las elecciones a gobernador del Estado de Vargas ante el chavismo.

A partir de allí, el conflicto fue escalando para transformarse de una coyuntura local a una puja de fuerzas de carácter internacional, que es hoy la gran variable del conflicto.

Guerra económica, guerra mediática, guerra diplomática, guerra en redes, guerra híbrida. Venezuela se ha convertido en el escenario de una disputa de fuerzas internacionales que, a esta altura y por lejos, trascienden la interna política local.

El combate diplomático en el consejo de seguridad de la ONU y la propuesta de diálogo en Montevideo

El escenario internacional se midió en el ámbito de encuentro de las potencias militares del mundo: el consejo de seguridad de Naciones Unidas.

Allí Rusia y China sentaron posición a favor de Maduro y el proceso bolivariano, junto con Bolivia, Cuba, El Salvador, Nicaragua, Uruguay y México (estos dos últimos más bien con una propuesta de una nueva negociación entre oficialismo y oposición venezolanos); mientras que Estados Unidos y los gobiernos satélites de América Latina bajo patronazgo del “Grupo de Lima”, junto a algunos actores de la Unión Europea, impulsan, de arriba para abajo, un Golpe de Estado global en el territorio venezolano.

Dada la división dentro del Consejo de Seguridad, no hubo comunicado oficial alguno. El secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, ex-director de la CIA, desligó responsabilidades planteando que “la intromisión extranjera en Venezuela es Cuba”, mientras anunciaba una radicalización del bloqueo económico-financiero que el país caribeño vive. “Esperamos también -afirmó Pompeo- que cada una de esas naciones se aseguren de desconectar sus sistemas financieros del régimen de Maduro y permitan que los activos que pertenecen al pueblo venezolano vayan a los legítimos gobernantes de ese Estado”.

En consonancia con lo dicho por el Papa en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá, Vasili Nebenzia, representante ruso en esa reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, manifestó que “Estados Unidos busca seguir desestabilizando a Venezuela para imponer su receta. Y esta reunión es un elemento más para cambiar al poder en aquel país. Esta injerencia flagrante de EEUU en asuntos internos no es nueva. Creen que Latinoamérica es el patio trasero donde pueden hacer lo que les dé la gana”.

El Canciller venezolano, Jorge Arreaza, brindó una sentencia exacta: “Estados Unidos no está detrás del golpe de Estado, está delante, está a la vanguardia. Da y dicta las órdenes, no solo a la oposición venezolana sino también a los Estados satélites de Estados Unidos en la región”.

El reciente nombramiento de “embajadores” del gobierno “encargado” de Juan Guaidó en Argentina, Canadá, Chile, Colombia y Costa Rica, y el rápido reconocimiento que algunos gobiernos hicieron sobre los mismos -el irresponsable de Macri, centralmente-, constituyen señales contundentes de la transmisión política directa que el trumpismo consiguió en la región a través del “Grupo de Lima”.

Pese a ello, el alineamiento internacional que pregona la paz y una segunda ronda de diálogo por Venezuela, consiguió bloquear la intentona neoconservadora angloamericana en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y proyectar para este 7 de febrero una relevante cumbre en la Ciudad de Montevideo, bajo patrocinio de Uruguay y México, con el apoyo de Rusia, Turquía, China, Bolivia, algunos países de la Unión Europea (Italia, Irlanda, Noruega), y el Vaticano.

Venezuela ya no es Venezuela. Venezuela es Latinoamérica

Venezuela no se trata, de ningún modo, de un “allá lejos”. Si Latinoamérica pierde el estatus de “continente de paz”, nuevos y más duros sacrificios se impondrán sobre los pueblos y sobre los ciudadanos de a pie.

El comunicador boliviano Hugo Moldiz afirma que “América Latina representa para el imperialismo un obstáculo a considerar pues, si bien con altibajos y bastantes contradicciones, en esta parte del mundo se están desarrollando variadas formas de rebeldía y, sobre todo, intentos de anteponer proyectos civilizatorios distintos a una modernidad que, por querer ser réplica de la europea y estadounidense, ha condenado a una amplia mayoría de latinoamericanos a la exclusión en sus más variadas formas”.

Tal como lo plantea este último autor en su libro “América Latina y la tercera ola emancipatoria”, en el movimiento popular se hace necesario un profundo debate colectivo sobre los caminos o las “vías” para construir democracia y justicia social en un momento del mundo atravesado por la ferocidad de un capitalismo globalizado, dispuesto a bloquear -por todos y con todos los medios- cualquier tipo de acción política transformadora.

Tras el ascenso en la región de los Macri, los Bolsonaro, los Duque, resulta imprescindible plantear que los proyectos de “capitalismo autónomo” al imperio son ilusorios. Necesitamos generalizar un debate y una política dispuesta no a “desarrollar” el capitalismo, sino a empujar su creciente transformación, hacia otro sistema social, más justo y solidario.

En ese sentido, la Venezuela bolivariana resulta un proceso a estudiar, a debatir, a criticar y, ante todo, a defender. Por eso resultan ejemplares -e imitables- las propuestas de diversas espacios y organizaciones que plantean la constitución de brigadas de apoyo a Venezuela, proponiendo incluso, un fortalecimiento de la diplomacia de los pueblos.

En un momento que el enemigo nos propone “embajadores de facto”, fuera de toda ley del derecho internacional, es hora que el movimiento popular latinoamericano se proponga la constitución de Embajadas Boliviarianas-Sanmartinianas en Venezuela y en cada país de la región.

No consintamos que Caracas se convierta en Alepo. No permitamos, activamente, que el imperio haga de Venezuela una Siria latinoamericana.

* Investigadores argentinos del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

AUSPICIANTES